Cuarta parte de una serie de entrevistas que nos acercan al lado más personal del periodista y criminólogo Juan Ignacio Blanco.

En esta entrevista, Juan Ignacio nos cuenta cómo era el famoso semanario de sucesos “El Caso”, así como algunos recuerdos y anécdotas sobre algunos de los entrañables y pecularies personajes que formaban la redacción.

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Juan Ignacio, en esta entrevista has hecho varias referencias a “El Caso”, ¿nos podrías dar unas pinceladas para que nos imaginemos cómo podía ser la redacción cuando trabajabas allí?

La redacción de “El Caso” era un autentico zoológico. Muchas veces comentábamos entre nosotros que Eugenio Suárez lo que tenía que hacer era cobrar entrada para que viniera la gente y nos viera a todos desde detrás de un cristal. Las personalidades de los que componíamos la redacción eran tan variopintas que resultaba francamente curioso. Todas las personas que trabajaban en “El Caso”, todas, tenían algo de especial, no era una redacción para periodistas normales.
El periodista Eugenio Suárez, en la playa de Salinas.s

Para que podamos imaginarlo, ¿cómo era físicamente?

De “El Caso” el primer recuerdo que me viene siempre es el lugar tan maravilloso que era.
Estábamos en el número 1 de la calle Covarrubias esquina Sagasta, un típico edificio señorial, con un portal impresionantemente grande, con columnas de mármol y una escalera de las que se bifurcan hacia dos lados, escaleras amplísimas y un ascensor que luego he podido ver en muchísimas películas, porque lo siguen conservando, un ascensor de madera, antiguo, forrado de terciopelos con cristales tallados y unos adornos de bronce rococó espectaculares.
Estábamos en primer piso de ese edificio; las redacciones ocupaban la planta entera, no solamente estaba “El Caso”, sino que había infinidad de publicaciones que formaban parte del grupo de Eugenio Suárez, un editor al que posteriormente y por desgracia no se le ha dado la importancia que tuvo ni se le ha recordado como realmente se merecía.

¿Qué publicaciones compartían espacio con vosotros?

Pues estaban “Sabado Gráfico”, “Cine Siete Días”, “El Burladero”, “Velocidad” –que era una revista del motor– o “El Caso”. La última que apareció fue “El Cocodrilo Leopoldo”, una revista de sátira humorística política.
Cuando salió el primer número de “El Cocodrilo Leopoldo” apareció un cocodrilo, un cocodrilo de verdad. No sé de donde salió, eso nunca pude averiguarlo ni creo que realmente nos interesara a nadie. Pero ahí estaba. Tuvieron que ir cambiando su “casa”, porque al principio no mediría más de un metro, y estaba en una enorme pecera de cristal, pero, lógicamente, con el paso de los años fue creciendo, y al final, cuando salió de allí para irse al Zoo, era ya un cocodrilo que medía 3 metros y medio. El cocodrilo Leopoldo, según mis noticias, aún sigue en el Zoo de la casa de campo de Madrid.

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¿Cómo podíais trabajar con un cocodrilo al lado?

No era nada especial. Era un cocodrilo muy aburrido, como todos los cocodrilos, estaba todo el día allí, durmiendo. Cuando era pequeño de vez en cuando sí le hacíamos alguna que otra pequeña putada, entre todos los de la redacción, pero en cuanto cogió cierto tamaño procurábamos mantenernos lo más alejados posible.

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¿Recuerdas a algún compañero en especial, aparte de Margarita Landi?

Hay muchos, y cada uno de ellos por un motivo distinto. Eran personajes auténticamente curiosos, y muchos de los más interesantes no eran periodistas.

La persona más curiosa… bueno, quizás “curiosa” no sea la palabra, pero una de las que mejor recuerdo, era Pilar Mas, porque nos teníamos que pegar constantemente con ella; Pilar Mas era la tesorera/administradora, la que manejaba todo lo relativo al dinero. Nosotros estábamos viajando constantemente, y estuvimos peleándonos durante años para que nos pagaran dietas. Pero Eugenio Suarez, que era muy particular en algunas cosas, decía que entonces iríamos todos a dormir a pensiones y a comer bocatas para ahorrar y llevarnos parte de las dietas, y que él no estaba dispuesto a que sus chicos vivieran así. De modo que se negaban a darnos dietas, pero nos pagaban absolutamente todos los gastos.

Pilar Mas

Nosotros íbamos a hoteles de 4 estrellas y comíamos en buenos restaurantes, pero para pagarnos el dinero de la gasolina, de lo otro y de lo de más allá, siempre estaba el tío Gilito, que era como llamábamos nosotros a Pilar Mas. Además, era la mano derecha de Eugenio Suarez, porque no solamente se pegaba con nosotros por el dinero, sino que dirigía toda la oficina de administración, donde había un montón de gente que manejaba todo el tema económico de las distintas revistas.

Otra de las personas a las que mejor recuerdo, ya que estuvo ahí toda la vida, casi 40 años, prácticamente desde que se inauguró ” El Caso”, era Hortensia. Hortensia era una mujer encantadora: se dedicaba a archivar, y archivar significaba que todas las fotografías que habían salido en cada número acababan en sus carpetas, pegadas, ordenadas. De cada crimen ella hacía una ficha; Hortensia te podía buscar cualquier tipo de información, era la persona que se dedicaba exclusivamente a ordenar y clasificar, estaba todo lleno de archivos. Unos archivos absolutamente maravillosos, donde se guardaba todo desde los años 50 hasta los 90: cualquier crimen que hubiera sido cubierta por “El Caso” Hortensia lo tenía perfectamente archivado, en su caja, con sus fotografías, los negativos y las informaciones publicadas. La verdad es que hacía un trabajo impresionante y fue una persona que se mantuvo allí a lo largo de los años por mérito propio. El resto, de alguna forma, pasamos por ahí, en periodos más o menos largos o más o menos difíciles.

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Otro de los eternos era Nicolas Cantarero, quien fue siempre el fotógrafo de Margarita Landi. Digo que era su fotógrafo porque, para cubrir los trabajos, en “El Caso” siempre viajaban juntos un redactor y un fotógrafo. La mía era la única excepción: al entrar a trabajar tuve la estupenda idea de comentarles que la fotografía me gustaba de siempre, y que tenía una cámara réflex con la que hacía mis fotos – siempre me ha gustado, pero yo era un amateur, aunque había vendido algunas fotos a medios de prensa– y entonces me dijeron: “Joder, pues como tú sabes hacer fotos pues te vas solo”. Hice mal. Porque no es lo mismo, porque entre dos las cosas se hacen muchísimo más fáciles, en todo, y es más cómodo. A lo que íbamos, Nicolás Cantarero era un personaje tremendamente particular. Me recuerda a Carlos Pumares, porque era de ese tipo de personajes que siempre que le preguntabas “¿Qué tal?”, te respondía: “Mal. Qué asco. Vaya mierda”. Era una de esas personas absolutamente negativas, pero cuando te tocaba salir a trabajar con él sabías positivamente que volverías con un material gráfico de maravilla. Pero también había que aguantarle: cuando le decías “oye esto a ver si lo podemos repetir”, o “a ver si esta foto la hacemos de esta manera o de este otro lado”, te miraba con unas caras… todo era más difícil. Pero luego era una persona de gran corazón.

Nicolas Cantarero

¿Y alguno con el que tuvieras una relación especial?

Lo que se dice cariño, cariño… probablemente la persona con la que he tenido más aprecio de verdad ha sido con J.J. Era –y es– un personaje francamente curioso, porque en aquellas épocas, que ahora parece algo normal, llevaba el pelo largo, una barba súper espesa y un barrigón enorme. Lógicamente, bebía toda la cerveza del mundo y alguna más. Pero lo realmente destacado es que era una de esas personas con una sensibilidad muy especial; no le gustaba viajar, porque prefería trabajar en temas recopilatorios o en buscar información sobre un asesino en concreto. También hacía trabajo de investigación, pero más desde la mesa y con sus contactos en Madrid que viajando, pero era y es una persona encantadora, a la que luego, desgraciadamente, no le fueron demasiado bien las cosas.

JJ

Los hermanos De la Cal eran muy curiosos, porque eran dos hermanos que no tenían nada que ver el uno con el otro. El hermano pequeño era una persona modosita, pijita, remilgada, llevaba zapatos castellanos [mocasines] y Loden, mientras que el mayor era un hippy melenudo con collares, que había viajado al Amazonas y que, en mi opinión, estaba un poco más rayado de la cuenta.

Francamente, durante esa época tuve la suerte de descubrir una cantidad impresionante de grandes personas.

¿Alguno más?

Por ejemplo, a Ángel Colodro le he tenido muchísimo cariño. Era un periodista que se trabajó Madrid desde el principio y, de todas las personas a las que he conocido, él es probablemente el que ha tenido más contactos con la policía y ha conocido más y mejor el submundo policial en Madrid. También era un personaje: le gustaba ir con gabardina y con sombrero, como los detectives de los años 50, y de alguna forma eso le hacía tener un carisma un tanto especial.

Juan Carlos de la Cal y Ángel Colodro

Juan Carlos de la Cal y Ángel Colodro

Otro de los eternos de la redacción, aunque entró mucho más tarde –pero era de los que se mantenía eternamente pues nunca viajaba ni salía–, era Carlos Iglesias. Él era el que llevaba la sección de tribunales, porque en “El Caso”, al contrario de lo que ocurre generalmente hoy en los medios, siempre se tuvo el sentido común periodístico de que los sucesos se seguían desde el principio hasta el final. No se cubría la información de un suceso y te olvidabas: una vez empezabas a cubrir un suceso ya sabías de antemano que tú te quedabas con él, hasta el final. Tenías que continuar, y continuar significaba que si había cualquier tipo de noticia informativa de cualquier cosa relacionada, si se le había tomado declaración a algún testigo claramente noticiable, aunque hubiera sucedido seis meses después, tú tenías que cubrirlo, incluido el juicio. Cuando no podías asistir quien se encargaba siempre de hacerlo era Carlos Iglesias. “El Caso”, además de la redacción, contaba con una serie de corresponsales en muchísimas provincias que cobraban algo en función de si enviaban algo o se les publicaba. Y todos estos “corresponsales” trabajaban muchísimo, llevaban muchísimas cosas que luego se daban como noticias pequeñas, no tenían mayor trascendencia, y si la noticia tenía el suficiente “color”, como decimos nosotros los periodistas, entonces se enviaba a alguien desde Madrid para cubrir la información. Otra de las fuentes de información eran las subscripciones que teníamos a numerosos periódicos de provincias.

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Continuará…

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