En memoria de un gran hombre

El pasado 3 de julio nos dejó Juan Ignacio Blanco, después de años luchando contra esa terrible enfermedad llamada cáncer.
Juan nunca se dio por vencido, nunca se quejó, nunca perdió la sonrisa ni las ganas de vivir. Hasta cuando tenía un día malo, se esforzaba por estar con la gente que le quería, sacando fuerzas de flaqueza, charlando y riendo, aunque luego pasara días en cama para recuperarse.
Juan es el hombre más fuerte y generoso que he conocido en mi vida.

Aún recuerdo la primera vez que lo vi, nunca lo olvidaré, tenía ese aire de los periodistas antiguos, de los investigadores de novela negra, solo le faltaba la pipa y el sombrero, aunque él prefería su cigarrillo y su coleta. Siempre me daba la impresión de que era de otra época. Cuando le escuchabas hablar te dabas cuenta de que estaba lleno de experiencias, de historias, pero no historias normales, él había vivido de verdad, te podía hablar de la Transición, de personas influyentes e importantes de la historia de nuestro país, a muchos de los cuales había tratado personalmente, de su época en Ecuador en la que sobrevivió en plena selva, sin nada, comiendo cualquier cosa que encontraba y perdiendo por completo la dentadura, de algunas heridas en su cuerpo de las que es mejor no hablar, de sus conversaciones con asesinos, con psicópatas y tanta gente peligrosa a la que tuvo delante. Juan conoció mucha oscuridad y muchas sombras, miró al mal a los ojos muchas veces y, también, fue mirado por esos ojos en alguna ocasión. Pero él, como os digo, era un hombre valiente, y los hombres valientes se adentran en el abismo, aunque este les acabe destruyendo.

La gente que no lo conoce, cree que Juan era Alcàsser, pero él era mucho más, muchísimo más.

Siempre le apasionó la radio, mucho más que la televisión, tenía la voz perfecta para ello, una voz que con los años ganó en peso y en intensidad, además narraba con una cantinela que te enganchaba. Cómo olvidar “La voz de las Sombras” o “El callejón de las sombras“, fue un gran periodista y un gran locutor de radio.

Muchos son los que han querido dañar su imagen, tachándolo de embaucador, de fraude, de amarillista, o lo que es peor, de lucrarse con la muerte de las niñas, qué poco lo conocéis. Juan era un hombre de principios.

Le traicionaron muchas veces y ni una sola vez se quejó, no era un hombre rencoroso, solo veía lo bueno de las personas. Aunque le avisaras como amigo de que se la iban a pegar de nuevo, él volvía a confiar. Su generosidad era extraordinaria, compartía sus archivos, sus cosas más valiosas, no sólo con sus amigos, sino con cualquiera que lo necesitara, sin pedir nada a cambio, nunca pidió nada.

Cuando lo conocí su situación económica era insostenible, y aun así jamás me pidió dinero; me abrió la puerta de su casa muchísimas veces y lo poco que tenían él y Mamen siempre lo compartían: un plato de comida caliente, un detalle de cariño, un sitio donde dormir y sentirte como en casa.

Era un hombre extremadamente sencillo: era feliz cuando cada año le regalaba un jersey para el invierno, le encantaba ponérselo y estar calentito, porque Juan era muy fríolero. A veces te chocaba que alguien que había estado en televisión y había llenado páginas de periódicos fuera tan normal, tan cercano y tan humilde, eso le hacia aún más grande si cabe. Él nunca miraba a nadie por encima del hombro.

Le gustaba disfrutar de las pequeñas cosas, se ponía muy contento cuando para su cumpleaños le llenábamos la casa de globos, o le sorprendíamos llenándolo de serpentinas, o simplemente cuando salíamos a pasear por el campo y él me buscaba las piñas más bonitas porque sabía que me encantaban.
Recuerdo que cuando encontraba algún insecto en su casa lo cogía con las manos y lo sacaba al jardín, jamás les hacía daño.
Disfrutaba de la lectura, de una buena conversación, le gustaba la gente que dudaba y que tenía preguntas, que no creían lo primero que les contaban, era un hombre muy inteligente y que veía donde los demás no apreciabamos nada, él nos enseñó a ver, a mirar en la dirección correcta, ese ángulo imperceptible para muchos, pero que una vez que lo conoces hace que no vuelves a ver nada de la misma forma.

Los que tuvimos la suerte de ser sus amigos sabemos que para él lo que le hicieron a Míriam, Toñi y Desirée lo marcó. Repetía muchas veces que el dolor que les hicieron padecer era totalmente innecesario, él sabía que lo que nos hicieron creer era mentira e hizo todo lo que estuvo en sus manos para que viéramos a través de sus ojos, y lo consiguió, si no fuera por Juan Ignacio y Fernando García hoy el caso Alcàsser estaría cerrado.

Por mucho que intenten que olvidemos, no lo haremos. Juan Ignacio nos facilitó el sumario, uno de los pocos accesibles públicamente en nuestro país; nos enseñó a buscar los errores de la investigación, las incongruencias y a saber interpretar unas autopsias. Juan Ignacio ni estaba loco ni mentía, y muchos de los que reniegan de él o se ríen de sus conclusiones saben que estaba en lo cierto. Pero este no es mundo de valientes, sino de estómagos agradecidos, y no cualquiera tiene la valentía de reconocer que jueces, fiscales, fuerzas de seguridad del Estado y forenses nos engañaron y obviaron la verdad, una verdad que desmontaría un país, una verdad que necesitaría de muchos hombres sin miedo como Juan Ignacio Blanco para salir a la luz.

Por desgracia, él ya no está, pero su legado y lo que nos enseñó es tan grande y tan real que nada ni nadie conseguirá borrarlo.

Yo fui su amiga, lo conocí en todas sus facetas, era un hombre libre, tan libre que no tenía miedo a seguir con sus principios intactos, aunque estos le costaran un precio tan elevado. Sé que nunca conoceré a alguien tan real como mi amigo del alma, sé que a partir de ahora siempre me faltará una parte de mi misma, sé que soy dichosa, porque no todo el mundo puede decir que conoció a un gran hombre y que ese gran hombre se enorgullecía de ser mi amigo.

En memoria de Juan Ignacio Blanco.

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